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Ideas espirituales entre México y Francia: el viaje invisible

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Ideas espirituales entre México y Francia: el viaje invisible

Espiritismo, devociones, escuelas, filosofía, arte y rituales cruzaron el Atlántico, cambiaron durante el trayecto y aún dejan huellas en nuestra manera de buscar sentido.

Esta semana se inauguró, en la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México, la exposición Francia-México 200 años de relación y amistad: resonancias, disonancias y contrapuntos.

Sus 52 paneles reúnen más de un centenar de reproducciones fotográficas, documentos y obras de arte para recorrer encuentros y desencuentros políticos, culturales y estéticos.

La muestra fue inaugurada el 1 de septiembre y estará abierta hasta el 18 de octubre de 2026, de acuerdo con la información proporcionada por los organizadores: Embajada de Francia en México y el Institut français d’Amérique latine (IFAL), la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Secretaría de Cultura del Gobierno de México.

Esta conmemoración despertó en nuestra redacción otra pregunta, mientras los gobiernos negociaban, los artistas viajaban y los libros cambiaban de idioma, ¿también cruzaron el océano formas de pensar, la conciencia, la muerte, la libertad, lo sagrado y nuestra relación con aquello que no podemos explicar?

Te invitamos a seguir leyendo qué surgió de formularnos esta pregunta y mirar un pequeño retrato sobre este intercambio que va más allá de los temas políticos, culturales y artísticos de estos dos países.

Y reconocer de dónde vienen ciertas ideas o creencias que actualmente son parte de nuestro día a día, observar cómo cambiaron y devolverle al lector la libertad de acercarse a ellas sin necesidad de hacerse fanático ni adversario.

¿Qué ideas espirituales viajaron entre México y Francia?

Entre Francia y México viajaron el espiritismo kardeciano, corrientes ocultistas, devociones católicas, modelos de educación religiosa y filosofías sobre la libertad y la existencia. En dirección contraria, objetos, imágenes y pensamientos mesoamericanos transformaron la imaginación de artistas y escritores franceses; no fue un intercambio intacto ni simétrico: cada idea se tradujo, discutió y reinterpretó.

La respuesta breve necesita una advertencia, que una práctica se encuentre en ambos países no prueba, por sí solo, una influencia directa. Las ideas espirituales pueden aparecer por rutas paralelas, llegar a través de terceros países o adquirir significados tan distintos que apenas conservan el mismo nombre.

Por eso conviene hablar de circulación, recepción y transformación, ya que a veces hubo enseñanza o admiración; otras veces, apropiación, resistencia o fantasía. Seguir esas diferencias impide convertir dos siglos complejos en una lista de curiosidades.

Dos países que no caben en dos estereotipos

Francia suele presentarse como tierra de Descartes, la Ilustración y la razón; México, en cambio, aparece con frecuencia como un territorio de rituales, magia y sabiduría ancestral. Las dos imágenes contienen fragmentos de verdad, pero también borran una parte importante de cada sociedad.

El siglo XIX francés produjo ciencia, republicanismo y crítica religiosa; al mismo tiempo, vio crecer devociones católicas, movimientos espiritistas y un renacimiento del ocultismo.

México tampoco fue una página espiritual uniforme: convivían pueblos con lenguas y cosmovisiones distintas, catolicismos populares, proyectos liberales, protestantismos, espiritismo, prácticas curativas y debates sobre el lugar de la Iglesia.

No se encontraron, entonces, una Francia racional y un México místico, se encontraron sociedades plurales, atravesadas por conflictos internos y por la misma necesidad humana de responder preguntas que no desaparecen con una frontera: qué ocurre al morir, cómo vivir con sentido, dónde comienza la libertad y qué convierte un lugar, un objeto o una acción en algo sagrado.

El historiador de las religiones Mircea Eliade, rumano y que vivió y enseñó en París, llamó la atención sobre esta última experiencia en Lo sagrado y lo profano, en donde su concepto de “espacio sagrado” sirve aquí como lente, no como prueba histórica: recuerda que una creencia se vuelve vida cuando se fija en un templo, una imagen, una peregrinación o un rito.

El espiritismo: una doctrina francesa que México volvió propia

Uno de los trayectos mejor documentados comenzó con golpes que, en 1848, tres hermanas dijeron escuchar en una casa de Hydesville, Nueva York. Aquellos relatos alimentaron el Modern Spiritualism estadounidense.

En Francia, el pedagogo Hippolyte Léon Denizard Rivail, conocido como Allan Kardec, reunió y sistematizó esas prácticas dentro de una doctrina filosófica, moral y religiosa a la que llamó espiritismo.

Kardec publicó El libro de los espíritus en 1857 y El libro de los médiums en 1861; su propuesta incorporó la reencarnación y presentó la comunicación con los muertos como parte de una visión de progreso moral. La historia está reconstruida por el proyecto Esoterismo en el México moderno (1850-1950), del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

En México, la doctrina adquirió mayor presencia al final de la década de 1860, el general liberal Refugio I. González fundó La Ilustración Espírita en Guadalajara en 1868; cuatro años después participó en la creación de la Sociedad Espiritista Central.

La recepción no fue una fotocopia de Francia, para algunos liberales mexicanos, el espiritismo ofrecía una manera de creer en Dios, defender la libertad individual y hablar de progreso sin aceptar la mediación exclusiva de la Iglesia católica. La doctrina francesa se volvió una herramienta para intervenir en discusiones mexicanas.

La figura que mejor muestra esa transformación es Francisco I. Madero; su padre estaba suscrito a la Revue Spirite y su estancia juvenil en París fortaleció su contacto con los libros de Kardec.

Madero participó después en sociedades y congresos espíritas, practicó la escritura mediúmnica y redactó entre 1908 y 1909 un Manual espírita, publicado en 1911 con el seudónimo de Bhima.

Estos datos no proceden de una leyenda creada alrededor del revolucionario, aparecen en sus memorias, cuadernos, publicaciones de la época y archivos familiares; también han sido estudiados por historiadores.

La ficha académica de la UNAM sobre Madero documenta que su generación ya no se limitó a introducir el kardecismo: lo reinterpretó dentro de los debates políticos, sociales y culturales de principios del siglo XX.

Esto no significa que el espiritismo explique por sí solo la Revolución Mexicana ni que toda decisión de Madero proviniera de una sesión mediúmnica; significa que su vida pública y su búsqueda interior no estaban tan separadas como suele pensarse de una figura como esta.

La ruta menos espectacular: novenas, aulas y congregaciones

No todo intercambio espiritual entre México y Francia ocurrió alrededor de mesas que parecían moverse; otra corriente francesa llegó de una forma más cotidiana: entre estampas, oraciones, religiosas, maestros y pupitres.

El historiador Jaime del Arenal Fenochio siguió el recorrido de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, una devoción impulsada en Issoudun, Francia, por el sacerdote Jules Chevalier a mediados del siglo XIX.

Las primeras novenas llegaron a México en 1869, después aparecieron imágenes, capillas, cofradías y asociaciones, especialmente en el occidente del país.

Una novena parece un objeto modesto frente a un tratado filosófico; sin embargo, puede cambiar la manera en que una comunidad nombra el dolor, pide ayuda, organiza una fiesta o imagina la protección. El viaje de una devoción se mide también en gestos repetidos dentro de una casa.

La educación fue otra vía, la historiadora Camille Foulard documentó que las Hijas de la Caridad se instalaron en México desde 1844 para atender la educación de jóvenes de élite y labores de beneficencia. Después llegaron otras congregaciones francesas que fundaron escuelas y formaron redes religiosas.

En su estudio publicado por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Foulard analiza ese apostolado educativo como un proceso de transferencia cultural. Las aulas transmitían catecismo, pero también hábitos, modelos de disciplina, ideas sobre familia y formas de participar en la nación.

Esta ruta obliga a ampliar nuestra visión, una idea espiritual no viaja solamente cuando alguien traduce un libro esotérico; también viaja cuando una escuela organiza el tiempo, una imagen entra en una parroquia o una oración se integra al lenguaje de una familia.

De París a la pregunta por lo mexicano

La filosofía cruzó el Atlántico por instituciones distintas, pero tocó preguntas cercanas a la vida interior. En 1948, el Instituto Francés de América Latina organizó en la Ciudad de México un ciclo sobre existencialismo francés. Allí tuvo una de sus primeras apariciones públicas el grupo Hiperión.

Emilio Uranga, Jorge Portilla, Luis Villoro, Leopoldo Zea y otros integrantes leyeron a autores europeos, entre ellos Jean-Paul Sartre y Maurice Merleau-Ponty. No se limitaron a repetirlos; tomaron conceptos sobre libertad, angustia, responsabilidad y circunstancia para pensar cómo se vive en México y qué podía significar una filosofía situada.

Una revisión divulgativa de la UNAM sobre Hiperión recuerda que el grupo buscó comprender al ser humano no como una abstracción, sino dentro de circunstancias políticas, sociales y culturales concretas. La influencia francesa fue decisiva, pero el resultado ya no fue simplemente francés.

El episodio revela un mecanismo que se repite: una idea llega con prestigio extranjero; los lectores locales la interrogan desde su experiencia y, si el diálogo es fecundo, aparece algo que ninguna de las partes habría producido por separado.

Ocultismo, tarot y palabras que todavía usamos

En el París del siglo XIX también se reorganizaron saberes asociados con la alquimia, la astrología, la cábala, el hermetismo y la magia. La UNAM describe el ocultismo francés como una expresión moderna del esoterismo marcada por los cambios científicos, tecnológicos, políticos y espirituales de su tiempo.

Éliphas Lévi, seudónimo de Alphonse Louis Constant y Gérard Encausse, conocido como Papus, construyeron sistemas, escribieron manuales y participaron en revistas y órdenes.

Lo que se presentaba como conocimiento reservado comenzó a circular mediante recursos muy modernos: imprentas, catálogos, suscripciones y redes internacionales.

Con el tarot ocurrió una transformación especialmente visible; la cartas existían en Europa desde el siglo XV, como documenta la Biblioteca Nacional de Francia. Siglos después, ocultistas franceses las integraron en redes de correspondencias astrológicas, cabalísticas y filosóficas.

Eso no vuelve idénticas todas las lecturas actuales, algunas personas usan el tarot para anticipar acontecimientos; otras lo emplean como un lenguaje simbólico para conversar sobre decisiones, emociones y posibilidades para usar el Tarot para la evolución del alma o del ser humano.

Conocer la genealogía de una práctica no la invalida; tampoco certifica todas las afirmaciones que se hagan en su nombre, nos permite distinguir entre un juego histórico, una reelaboración ocultista, una herramienta de introspección y una promesa presentada como verdad absoluta.

México no solo recibió: también cambió la imaginación francesa

La dirección contraria es más difícil de narrar porque durante siglos Europa tuvo más poder para coleccionar, traducir y nombrar. Lo que llegó a Francia desde México no siempre lo hizo mediante un intercambio entre iguales.

La propia exposición del bicentenario comienza en 1523, cuando el corsario Jean Fleury capturó dos carabelas enviadas por Hernán Cortés a España; parte de los objetos transportados se exhibieron en Francia en 1527. Antes de convertirse en inspiración, aquellos bienes habían sido botín y testimonio de una conquista.

Con el tiempo, códices y piezas mesoamericanas entraron en colecciones francesas. El Códice Xólotl, conservado en la Biblioteca Nacional de Francia contiene una narración pictográfica e histórica del valle de México.

Esos documentos permitieron estudiar sistemas de escritura, calendarios, rituales y maneras de representar el tiempo; también quedaron sujetos a interpretaciones europeas que no siempre escucharon a las comunidades de origen.

En el siglo XX, México ocupó un lugar poderoso en la imaginación surrealista francesa, Antonin Artaud viajó al país en 1936 y escribió sobre su experiencia entre los tarahumaras o rarámuri y sobre rituales asociados con el peyote; sin embargo, el Museo Tamayo advierte que ese viaje conserva vacíos documentales y paradojas.

La precisión importa, los textos de Artaud dicen tanto sobre su deseo de encontrar una alternativa a Europa como sobre las personas que conoció. No deben leerse como la voz definitiva del pueblo rarámuri; son el registro de un encuentro y, al mismo tiempo, de una proyección francesa sobre México.

André Breton siguió otra ruta, en 1939 invitó a Frida Kahlo a presentar su obra en la exposición colectiva Mexique en París. El Estado francés compró El marco, un autorretrato colocado dentro de una pieza artesanal adquirida en Oaxaca y semejante a las destinadas a espejos o iconos religiosos. El Centro Pompidou conserva hoy la obra y documenta aquella recepción.

Kahlo rechazó que su pintura fuera reducida al surrealismo; esa resistencia completa la historia: Francia no recibió un “México mágico” sin respuesta. Artistas mexicanos también discutieron las categorías con que Europa intentaba comprenderlos.

Lo que viaja nunca llega intacto

Las ideas espirituales entre México y Francia no formaron una corriente única, viajaron por canales diferentes y con relaciones de poder desiguales: un libro podía comprarse libremente, una devoción adaptarse en una parroquia y un objeto prehispánico terminar en una colección europea por circunstancias mucho menos voluntarias.

También cambiaron de significado, el espiritismo de Kardec dialogó en México con el liberalismo y la política. Las congregaciones francesas participaron en disputas mexicanas sobre educación y nación.

El existencialismo ayudó a formular una filosofía de lo mexicano, los símbolos mesoamericanos, por su parte, obligaron a artistas franceses a imaginar otros vínculos entre cuerpo, naturaleza, muerte y creación, aunque algunas veces lo hicieran desde el exotismo.

Por eso la historia no sirve para entregar un certificado de autenticidad, que una idea sea antigua no la vuelve verdadera; que sea moderna no la hace superficial; que venga de otro país no impide que una comunidad la vuelva propia.

El conocimiento puede cumplir una función más abierta. Nos ayuda a preguntar quién nombró una práctica, en qué contexto, por qué ruta llegó, qué cambió durante el trayecto y qué estamos haciendo nosotros con ella ahora.

Una espiritualidad con memoria y sin cajas definitivas

Investigar una tradición no exige burlarse de quien cree en ella, tampoco obliga a aceptar cada relato como si fuera la única explicación posible. Entre la credulidad automática y el rechazo automático existe un espacio más fértil: la curiosidad informada.

En ese espacio podemos reconocer que una práctica nos ofrece consuelo, símbolos o preguntas, sin convertirla en identidad permanente. Podemos tomar lo que nos ayuda, dejarlo cuando ya no lo hace y seguir aprendiendo.

También podemos escuchar la medicina, la filosofía, la historia, la religión y la experiencia personal sin pedirle a una sola mirada que cierre el mundo para siempre.

Los intercambios entre México y Francia muestran justamente eso, ninguna cultura pensó sola. Cada libro, escuela, imagen, rito y viaje agregó información a una conversación que todavía no termina.

¿Reconoces alguna de estas huellas en una práctica, una escuela, una devoción o una forma de pensar que forme parte de tu vida? Cuéntanos en los comentarios qué origen te sorprendió más y comparte este reportaje con alguien que disfrute investigar sus creencias sin encerrarlas en una verdad definitiva.

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Author: Redacción

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